Con el coronavirus viajamos a nuestros orígenes nómadas

Muchos de vosotros, si no todos, estáis o habéis estado confinados en vuestras casas debido al coronavirus, una aparentemente virulenta pandemia que nos ha privado de libertad de movimiento y que a nosotros nos ha dejado completamente aislados a los pies de las dunas del desierto del Sahara, donde sin duda contamos con la ventaja de respirar aire puro cada día. Hoy queremos compartir con vosotros cómo la pandemia nos ha acercado a nuestros orígenes nómadas y contaros nuestro día a día.

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Los rayos del sol penetran intensamente la tela de dromedario que ayuda a aislarnos del frío y del calor en nuestra haima, nos están avisando ¡Es hora de despertar! Cual zombies comenzamos a desfilar hacia nuestra haima común: la cocina. Comprobamos que nuestra nevera de arena está fresquita y si no es así acariciamos su lomo con un poco de agua para conseguir que los tomates, las cebollas, las zanahorias y las patatas que están enterradas en ella no se echen a perder. Estamos en cuarentena y salir de las dunas para dirigirnos al pueblo más cercano y hacernos con más víveres ¡es toda una odisea!

La vida de nuestros alimentos está asegurada un día más, ahora toca preparar el pan. Empezamos haciendo la masa. En un pálido barreño rosa mezclamos agua, harina, un poco de aceite y sal. Ma Aisha lo sostiene con sus pies y sus habilidosas manos comienzan a moverse hasta mágicamente convertir la mezcla en una esponjosa masa que constituye el alimento básico de cada día. Mientras la masa se queda reposando cubierta por un plástico, la tetera comienza a silbar en el pequeño camping-gas que nos permite calentar pequeños recipientes. Envuelto en su tela verde se encuentra el pan del día anterior. Uno de los hermanos lo desenvuelve y reparte los pedazos alrededor de la mesa, otro sirve con soltura el espumeante té con hierbas y, el tercero, mezcla en un pequeño cuenco la miel de dátiles de Ma Aisha con un poquito de aceite de oliva ¡es hora de mojar!

Ahora con la tripa llena y algo más espabilados toca ponerse a trabajar, para todos menos para Baba Ali que seguro que llevará más de una hora trabajando. Una parte de nosotros comienza a trabajar en los pozos de agua, las palmeras datileras y la pequeña vivienda de adobe que nos servirá de refugio cuando lleguen los días más cálidos. La otra, se dispone a preparar la comida y arreglar la estancia para que cuando nos reunamos todos a la hora de comer el encuentro resulte lo más agradable posible. Algo no tan fácil si pensáis que ¡estamos a 40 grados! Sacamos las mantas y las alfombras a la calle, las sacudimos y las tendemos en nuestro tenderete de palos de tamarindo y cuerda. Inundamos el suelo con agua para que dentro de la haima se esté más fresquito.

Acompañadas por la incesante melodía del palpitar de la pala volvemos a nuestra fuente de agua principal para llenar los cubos una vez más. Mientras, ellos, están enfangados en la construcción de la casa. Para los que quedamos en el campamento, es el turno de regar el suelo de la terraza, de dar de beber a la tierra para que se fije al suelo y no corra hasta la cocina echando a perder todo el trabajo de la mañana.

Ahora toca preparar la comida principal del día, pelar las verduras, lavarlas en los barreños que hemos llenado previamente con agua del pozo y cortarlas meticulosamente. Luego en una antigua olla, en la que los usos hacen difícil distinguir su color, pero que impregna la comida con un sabor especial, echamos todos los ingredientes, incluido un trozo de carne que bañamos en especias y dejamos secar en una cuerda de la cocina unos días antes. Recordad, nuestra nevera es de arena. El siguiente paso es llevar el guiso a la calle, donde Ma Aicha ya tiene preparado el fuego dentro de un agujero en la arena ¡una especie de vitro-cerámica natural y bastante más potente que nuestro diminuto camping-gas! Mientras la naturaleza hace su magia, tenemos tiempo de sentarnos a la sombra de una palmera y disfrutar de aquello que nos rodea, son esos momentos del día en los que puedes apreciar los regalos del desierto aunque ¡pronto tocará hacer el pan en el horno de arena! Tampoco hay que olvidarse de llenar las garrafas para preparar los barreños y lavar la ropa, llenar las viejas teteras de latón con agua para lavar nuestras manos y preparar las garrafas para tener agua con la que limpiar los platos.

¡Ya está todo listo! Es hora de comer, descansar lo que el sol nos permita y comenzar de nuevo el ritual para la cena. Además, es mucho mejor dejarlo listo con tiempo porque al atardecer es cuando mejor se está. Es el momento del día en el que podemos disfrutar juntos de los regalos del desierto. Contemplar la caída del sol desde lo alto de una duna y ser testigo del maravilloso despertar de las estrellas. Esto sin olvidarnos de la compañía de ese delicioso té bereber acompañado de un poquito de «terrat» (una especie de postre elaborado con azúcar, hierbas y especias, que prepara Ma Aisha y que tomamos con una cucharilla).

Después de cenar llega el momento de buscar la calidez en la gélida noche del desierto. Los padres de la casa, las parejas, los hermanos… cada uno se mete en su espacio y elige la mejor manera de pasar su tiempo antes de dormir: disfrutar del manto de estrellas que nos arropa, charlar, inundar la habitación con el humo de menta de la cachimba, hacer uso de los datos móviles y conectar con el exterior (cuando el lugar lo permite, que no siempre es fácil), incluso echar alguna partida de cartas o parchís ¡en definitiva cualquier cosa que permita desconectar y disfrutar de lo que queda de día!